domingo, octubre 18, 2009

La vida puede ser melancólica


Se ha ido Andrés Montes, un hombre que hacía del exceso un arte. Mis primeros recuerdos sobre este inclasificable datan de la frontera entre la niñez y la adolescencia. Por aquel entonces escuchaba Antena 3, esa radio llena de talentos que un día desapareció porque el capital prefiere los monopolios.

Montes tenía una voz pegadiza, muy apropiada para la radio. Uno lo imaginaba como un seductor, apurando su whisky de malta, acodado a la barra del bar de uno de esos hoteles donde gastaba la existencia mientras seguía a algunos de nuestros equipos punteros de basket (o fútbol). A menudo con la broma debajo del brazo. Pero también con el sentido crítico afilado por encima de la media.

Algún tiempo después, pero todavía en Antena3, retransmitió el Eurobasket de Alemania 93. Lo hizo en compañía de Chechu Biriokov, un crack de la larga distancia, con su inconfundible mecánica de tiro (como si estuviese acariciando un melón) que le llevaba a anotar triples con notable frecuencia.

Europeo de Munich 93, tiempo de héroes

Eran tiempos duros para nuestra selección. Pero no faltaba el carácter. Ni las resurrecciones. Como la que protagonizó en ese campeonato Antonio Martín, que se dejó los huevos para llegar en forma al campeonato y ofreció un tratado de elegancia y eficacia para guiar a nuestra selección hasta el quinteto puesto (perra suerte, se nos cruzaron los anfitriones de Scrempf) y ser incluido en el quinteto ideal del campeonato.

Ya n aquella época, Montes era capaz de convertir una anécdota, humillante o anodina para otros, en un rato de buen humor. Por lo visto, su piel café con leche levantaba las suspicacias de algún germánico, todavía nostálgico de la vieja doctrina.

Pasó el tiempo y el tío Montes empezó a recibir los primeros chutes de esa droga llamada fama. Los mismos que le habían llevado a brazos del desempleo años atrás pensaron en él para que presentara la NBA, primero, y luego la ACB.

Calvo, bajito y con una elegancia extravagante

Por aquel entonces, me lo encontré en una mercería, en una callejuela cercana a Sol. No me preguntéis que hacía ahí porque no lo recuerdo (quiero pensar que acompañando a una piba con la que salía entonces). Lo que me sorprendió de Montes era lo bajito que era. De mi estatura. Y lo bien que le quedaba la calva. El cabrón tenía una cabeza esférica. Para mi sorpresa-alegría, el bueno de Andrés estaba comprándose una de esas pajaritas imposibles con las que compuso un personaje identificable a la primera.

Parecía serio. También me lo pareció en algunas de las entrevistas más ‘personales’ en las que le ví más adelante. La tensión propia de quien desconfía del acercamiento zoológico del gran público. Donde Montes se sentía feliz (se le notaba) era en la complicidad de un grupo de amigos o con el tacto de una mujer. Su mujer, por ejemplo.

Por uno de esos (caprichosos) milagros del capital, en casa decidimos abonarnos durante una época (breve) al plus. De lo mejorcito de esa apuesta eran los partidos de la NBA, con vuelos congelados en la estética de una danza gracias a las nuevas tecnologías y con la inconfundible dupla que formaban Daimiel y Montes.

Montes era expansivo. Te lo pasabas teta escuchándole. Poseía el alma de un adolescente dándole patadas a su traje de periodista. Era fácil compartir su adoración por los mates, la buena música, las estéticas pegadizas de los jugadores. O la pasión por los pases imposibles Sus narraciones tenían ritmo, sabor, irreverencia. Lo mismo te hablaba sobre un análisis de la China de Mao que se estaba leyendo, que se cargaba de sensibilidad para poner una pieza de Rithm Blues que dotaba de elegancia los resúmenes de los partidos que estaba relatando.

Aunque lo mejor eran sus motes. Esos relámpagos de ingenio en los que condesaba la esencia de un tipo a través de una frase, una palabra. Aunque quizá lo que más perdure en el tiempo sean sus lemas: máximas como la vida puede ser maravillosa, tiki, taka…O lo que es lo mismo: la búsqueda permanente de la belleza, en el juego como en la vida.

En el siglo XXI Sancho Panza se llama Daimiel y habla inglés


En esa época, Fran y Davide seguíamos con veneración al personaje y su Sancho Panza. En el siglo XXI Sancho Panza viste trajes de Louis Vutton, lee en inglés y habla con una erudición y buen gusto que para sí quisiera Erasmo. Ese Sancho, como en el original, se ha quedado solo.

Se llama Antoni, Antoni Daimiel y hace algunos años, en una aventura llamada American Basket, Frappy y yo tuvimos la inmensa suerte de entrevistar a uno de nuestros referentes de universidad, que como no podía ser otra manera hizo honor a su imagen: educado, atento y cordial. Cada vez que lo veamos a partir de ahora, nos acordaremos también del señor Montes.

Me jode esta pérdida porque con ella se va un buen tipo (ese dicen los que le conocían), un comunicador al que tenía una simpatía especial. Y porque en cierta manera siento que nos ha dejado huérfanos. Huérfano de sus disparates (toca defender: guau, guau, guau, jugóooooooon, jugooooooón, este tío pertenece al club de se dejaba llevar…).

‘Éxito deportivo’ con las mujeres

Disparates que acercaban a muchas mujeres al deporte (él que tantas veces hablaba del Calabazas Club, del que todos alguna vez hemos sido socios ilustres). Mujeres que se reían con la broma y la esperaban, chicas que encontraban en la sensibilidad de Montes un motivo para ver el enganche de esos tipos que corren en calzones con los que sus novios o maridos les martirizan la existencia.

En los tres últimos años y pico últimos en la Sexta, el personaje de Montes se convirtió en una película comercial. Arrasaba en audiencias y a veces devino en caricatura. Su estilo era desenfadado, pero también histrión y algunos no se lo perdonaron. Tampoco sus idas de olla.

Su tendencia a la dispersión y la desidia le llevaron a batir el récord de equivocaciones en las narraciones. Le costaba identificar a los jugadores. Sobre todo de fútbol, pero por encima de esa carencia triunfaba su talento para hacer más amena una narración, siempre con esa ocurrencia pegadiza en la punta de la lengua, con la consiguiente carcajada (juraría que ví hasta a Valdano sonreír en su compañía) del televidente o comentarista de turno.

Andrés, la vida puede ser maravillosa, sí, pero a veces también melancólica.

Descansa en paz jugón. No tengo dudas de que ahora vas camino del cielo de los periodistas, donde los hombres frágiles y especiales ya no tienen por qué llevar el traje de debilidad que nos toca llevar en esta tierra. Un abrazo.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy grande el homenaje Peeeeeete. Seguro que el tío Montes se lo estará pasando teta en el cielo de los jugones, donde aterrizó en la frontera entre el 16 y 17-O ... mientras unos cuantos incondicionales del Calabazas Club festejaban que la vida puede ser maravillosa

Anónimo dijo...

Muchas gracias lokoooo, seguro que el tío Montes está jugando ahora ahí y que se inventó alguna disparatada narración a propósito de nuestro surrealista 17-O.

Abrazos

Beto Fernández dijo...

Se nos ha ido un grande.
El basket en la televisión no va a ser nunca igual tras éste lamentabe suceso.

Anónimo dijo...

Siempre le tuve simpatía a Montes. Él fue uno de los pioneros de los corres de Internet donde algún amigo te mandaba la recopilación de frases míticas y apodos ingeniosos que el tipo de la pajarita metía en sus narraciones. Al igul que tú, Pit, yo también empecé a conocerle en sus narraciones en Antena3, con Sabonis, 'el rascacielos más alto de la ciudad' o el 'ratatatatatata Metralleta Simpson', por no decir el 'de repente un extraño, Milinko Pantic'.
Como toda persona que ha sido diferente ha tenido detractores, muchos de ellos pusilánimes y mediocres, otros que simplemente aludían a la evidencia de alguno de sus fallos (que los tenía, y muchos).
Pero su muerte deja paso al mito, al que ya nadie puede toser, porque en los altares de la memoria Andrés Montes siempre será un jugón.

Anónimo dijo...

Desde luego, Beto, se nos ha ido un grande, al que tendremos muy presente en estos días y con el paso de los años.

Jodó Óscar, sí que tenías fichado al personaje, no conocía el apodo de Pantic (supongo que por entonces estaba en Radio Voz) pero me parece buenísimo. Coincido contigo, en los altares de la memoria este tío siempre tendrá un hueco preferente para nosotros.