viernes, enero 04, 2008

Comer caliente y reventar cráneos


Ridley Scott tiene setenta años. Es un director del que en realidad no sabemos casi nada. Sus películas hablan por él. Sin forzar la memoria, señalo Blade Runner y Thelma y Louise; los adolescentes del siglo XXII seguirán descargándolas de internet.

A mediados del siglo pasado prosperó un mafioso negro. No tenía rollos con los señores de la cosa nostra. En realidad era chófer de uno de los capos de la forma bronx de hacer pasta a través de negocios turbios. Durante un par de decenios aprendió que el mundo lo entiende siempre si se lo dices con un par de hostias. Aunque la opción de meter un balazo nunca debe ser descartada. Es una forma de intimidación que funciona bien si lo haces a la primera. Luego, el miedo construirá por sí solo el imperio.

De eso habla American Gangster, una historia dedicada a celebrar algunos de los lugares comunes de las pelis de mafiosos. Ya saben, el ambiente adverso, las mujeres bellas, el chico modelado en el odio que se hace a sí mismo. También a pulveriza algunos de esos tópicos porque está edificada a través de una situación verídica.

Los gangsters en la vida real se dedican a trabajar como personas serias y respetables. O se hacen pasar por locos, como nos contó Enric González en sus historias neoyorkinas. En la vida real los mafiosos son serios, desconfiados, trabajadores y tienen un código moral que básicamente sirve para tener contentos, muy contentos a los suyos. Denzel Washington es el gran jefe malo de esta moderna peli de indios y vaqueros. Pero en el siglo XXI los indios también se ganan la simpatía de los espectadores.

Pondré un ejemplo. La noche está a medio batir pero tú estas fatigado (todos los días te levantas a las cinco). En tu club todo el mundo quiere chuparte. En sentido real y figurado. Pero también ser un dios cansa. Lo que no pierdes son los impulsos primarios. Cómo no sentirse atraído por la portorriqueña que te alumbra desde lejos. Son sus ojos. Ojos que saben mirar y descansar, ojos para enloquecer. También sus curvas elegancia lenta.

-Buenas noches
Hola
-Lo estás pasando bien?
Sí, mucho. ¿Eres Frank Williams?
-El mismo. ¿Me sueltas la mano?


Sí pero no. No pero sí.


-¿Adónde vas?
A dar una vuelta...
-¿Necesitas alguien que te acompañe?

Una sonrisa resume el sentido del éxito para la mayoría del planeta: trabajo duro, superación, crueldad, montañas de dinero, mansiones, piscina, una forma arbitraria y seca de ordenar el mundo. Y la familia. Todo por un sueño, la admiración instantánea.
Has ido a por la materia prima al lugar de origen. Te has cargado todos los convencionalismos y ofreces mercancía el triple de buena a la mitad de precio. Así son los pioneros. También en el imperio de las sombras.

En el otro lado del ring, Russell Crowe, un policía que devuelve un millón de dolares “porque es lo correcto”. Un estudiante cuarentón que come fritangas a deshora y adora a su hijo. El mismo tipo que levanta pesas como coches mientras empotra contra el mobiliario de su casa a todo pibón que se cruce en el camino. Azafatas espléndidas y un matrimonio roto, con una esposa despechada y lúcida, que le echa en cara su vida desordenada, su incapacidad para hacer bien las cosas.

Malos que se ganan simpatía y terror. Buenos desastres que luchan por encontrar el camino. Porque en medio de todo este carrusel de descalabros, Crowe se granjea la desconfianza de sus compañeros, pero también conquista la admiración para dirigir una unidad especial y ganarse el derecho a hacer realidad su sueño de abogado.

La historia no es el colmo de la originalidad. Pero engancha. Y en muchos tramos convence, porque los monstruos tienen detalles humanos y los héroes se dejan masajear por las debilidades. Todos estamos en el camino.
Y cada uno saborea como puede su porción de sol.

Una de dos o Washington y Crowe se tomaron medio frasco de tranquilizantes, o tienen alma en unas caras que necesitan mover muy pocos músculos para transmitir expansión. No todo el mundo sabe ser torturado, carismático y cabrón en la misma jugada.

Tanta guirnalda contiene dosis de amargura. Es verdad: el sistema tiende a corromperse. También vacía el cinismo de una madre adorable e hipócrita en cantidades bíblicas.

El tío Davide dice que a la historia le falta épica. Pero es lo que ocurre cuando decides prescindir de los trajes de Armani, los toques teatrales y la taquigrafía sentimental (no muy diferente a los culebrones venezolanos) de genios como Coppola o Scorsese. Es lo que ocurre cuando miras a un barrio donde el orden llega de un tío que lo mismo te regala un saco de comida que mata a tu hijo de una sobredosis.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me enganchaste con tu relato de la San Silvestre y ahora vuelves a la carga con una película sobre un mundo que, por desgracia, he conocido muy de cerca. También hubo una época en la que levantaba pesas como coches, pero no recuerdo haber empotrado a ningún pibón en el mobiliario de mi casa. A o sumo, alguna puta de lujo en un hotel de cinco estrellas, un caprichito a la altura del gorila que fui en mis tiempos mozos, cuando lo único importante era sobrevivir. Servir al mejor postor, intimidar y, a menudo, golpear eran los elementos clave de un modus operandi que llegó a su fin tras un triste accidente que me llevó tres años al trullo. Pasó hace mucho, ya pasó, pero viví lo suficiente para diferenciar la verdad de la mentira, la ficción de lo real. Y tienes razón, American Gangster se hace verosímil en muchos instantes porque profundiza en historias personales que no se diferencian en nada de lo que puedes encontrar por ahí. A seguir.

Andreas