lunes, mayo 05, 2008

¿Cuál es la pregunta?


El amor es la respuesta, pero ¿cual es la pregunta? Con esta pegatina despega Ocho citas, uno de esos amables artilugios fabricados por el cine español. Se trata de una comedia que se hace corta. No es ninguna genialidad, pero a través de la sencillez provoca sonrisas y, en alguna secuencia, carcajadas. Cuando termina, el Madrid ha ganado la liga, lo sabes casi instantáneamente cuando suena el claxón. La vida te sonríe con un cabeceo cómplice y puedes pasear en manga corta.
La película traza una radiografía sobre cómo discurren las estaciones de una vida en pareja. Hay que reconocer que resulta especialmente divertida la escena en la que un despistao acude a una cita con su chica y por el camino se le aparece la familia con todos los lugares comunes llevados al disparate. Cualquiera que haya vivido alguna vez la situación de tener que hacer de diplomático y presentarse a los padres de tu piba, sabe que es un marrón, pero también se puede convertir en dos cosas. Por un lado, puedes concentrarte como un actor y hacerte pasar por el perfecto yerno: atento, simpático y solicito (es una tarde, chico, hay quien tiene que pasar los fines de semana en casa de los parientes postizos). Por otro, existe el riesgo de que te entren los nervios y que, al más puro estilo Señor Fo o Seth Cohen, te de por rajar de todo y todos para alborzo de la santa madre y cara de desaprobación del padre, celoso de que su niña acabe en manos de otro señor de los excesos.
Esta clase de situaciones son retratadas con maestría en una de la escenas de la película, que vale por si sola la pasta de la entrada (un par de zumos en el Tuper Ware). Con una galería donde están los padres atentos y maniáticos, el hermano desastre con novia ninfómana, el padre ligón y apartida, el abuelo tarambana o el hermano malote que se niega a darte la mano. ¿Quién da más? Claro que el infierno siempre se puede aliviar con unos cubitos de hielo de donde emerge el ángel (ver foto) que te ha traído hasta ahí.
Al margen de esa larga digresión, hay escenas para que todos nos sintamos retratados por la vía de la absolución porque a fuerza de exagerar las caídas libres siempre es más fácil reconciliarse con un pasado cuajado también de momentos épicos. Momentos como el que vive Raúl Arévalo (sobrino español de Sean Pean), que amanece con una chica apetecible y la convence de repetir el polvo por la vía del piropeo. Es lo que tener tiene el alma poeta. Claro que varios versos juntos es lo que ofrece la primera estación cuando un perdedor buenazo como Tejero (otro a reivindicar) se pierde cuando llega el momento de besar a la profesora que le tiene loco. Un momento que reivindica la servilleta como plan b hacia unos pechos animándose hacia el techo).
Y que más, que siempre habrá segundas oportunidades. No lo olvides, muchacho, no lo olvides. Segundas oportunidades donde la chica quiere follar aunque sea vaciando un barreño de absenta. Y otras ocasiones donde la buena onda de una inesperada te hace olvidar los monólogos derrotistas y adviertes que las chicas londinenses que se tambalean en la barca filtran las invitaciones de sus escote por toda la piel. Si te descuidas, la historia rueda divertida y de repente aprendes a bailar, dejarte llevar como el granuja padre que también tiene tiempo para probar el sí de reencuentro.
La pregunta es el camino. Por eso solo existe una forma de convocar la risa: mirarte y olvidarme de todo y disparatar mientras la risa llena de expectativas el puente. Ese en el que te encoges de hombros y haces una comedia con los desastres de ayer. Para eso el cine, para eso valen las palabras, dardos preferentes del mañana.

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