viernes, octubre 16, 2026

La bola negra: el latido del deseo liberado

 


Llegas al cine con las expectativas a raya; existe mayoría absoluta en el parlamento de los entusiastas de La bola negra, la última peli de los Javis (Ambrossi y Calvo). Gracias a la colaboración de la gente querida y cercana, llegas lo más virgen posible a la gran pantalla. 


La historia discurre fulgurante como un cometa terrenal: hecho de sangre, deseo, destrucción y floraciones contra todo pronóstico. Hablamos de un caleidoscopio en el que se entreteje la historia de tres hombres en tres épocas diferentes con sus propios retos y peligros. 


Por el camino, se hilvana un homenaje a las personas del colectivo LGTBTIQ+ que nos precedieron. Se honra a los pioneros, con todas sus luces y sus sombras. Y, lo más importante de todo, se canta a una vida digna de ser vivida, con la libertad por bandera, que funciona como antídoto contra el encerramiento y estímulo de una vida libre, diversa y plena, con el deseo abriéndose paso entre prohibiciones, silencios y barreras de todo tipo. 



Te crees a los actores y las actrices. Gitarricadelafuente tiene un mapa del mundo en la mirada; Miguel Berardeu aporte porte y riqueza emocional a sus expresiones; Milo Quifes hace de la ambigüedad, la desubicación y la elegancia un arte; Penélope Cruz lo borda como cupletera que pone de acuerdo el entusiasmo y la amenaza; Glen Close hace creíble la figura de una hispanista que reivindica el talento español para sentir y elevarlo con el arte; Carlos González transmite veracidad como hombre a la deriva con cierto centro y Lola Dueñas compone una madre desnortada que todavía conserva un resquicio de dignidad. 




La peli ofrece un dinamismo narrativo admirable y entremezcla las tramas con precisión de relojero. Por no hablar de la belleza de sus imágenes, el suave y arrebatado lirismo de su música y su tono combativo sutil. Y ensamblando todas esas piezas, bulle el talento narrativo de los Javis, que alcanza nuevas cotas con esta historia. 


Hay ayuda mutua en el borde mismo de la extinción y la desesperación. También, un ajuste de afectos entre madre e hijo. Y novio y novio. Y hay una comprensión poética sobre montañas nevadas que vale para salvar a toda una generación. 


Perdonen que no sea más explícito. Creo que Lorca habrá sonreído desde ahí arriba por la sugerencia que despliega esta obra. Recorrer sus pasos merece entonar un misterio que se acaricia, que va más allá de géneros y predilecciones afectivo sexuales. Hablamos en suma, de un canto a la vida que emociona y conmueve más allá de fronteras sentimentales.


Fuentes de foto: FilmAffinity, BBC y El Confidencial. 


jueves, agosto 27, 2026

Las chicas Gilmore o la importancia de pasárselo bien mientras construyes el camino

En las últimas estribaciones de este mes de agosto de 2026 he concluido la visita a la serie de Las chicas Gilmore (disponible en Netflix en el momento en que escribo estas líneas). La historia cuenta la vida de madre (Lorelai) e hija (Rory) durante la friolera de 16 años (si incluimos la secuela que patrocinó la propia Netflix en 2016, que no es la productora original de la serie -que fue Warner Bros. Television, en asociación con Dorothy Parker Drank Here Productions y Gough Street Productions-). Por el camino, disfrutamos de la complicidad, la capacidad de superación y el sentido del humor que hilvanan estas dos mujeres, que hacen de la irreverencia, la imaginación y el gusto por la música, el cine y la moda (la cultura pop, en suma) todo un arte. 


¿Por qué admiramos a Lorelai Gilmore? Por su inigualable talento para hacer de cada día una fiesta. Es parlanchina, carismática y muy cafetera (viendo la serie me entraban unas ganas tremendas de tomar café y dulces…). Admiro su espíritu emprendedor en el terreno laboral, con una rara mezcla de mano izquierda y diligencia para regentar hoteles, pero sobre todo adoro cómo cuida a su hija, el empeño que pone en cultivar la amistad y cómo arraiga con la comunidad de Stars Hollow. ¿Y por qué es Rory Gilmore el personaje con el que más me identifico? Por su afán por aprender, por cómo trata a la gente (aunque a veces tenga sus resbalones, cómo cuando despelleja a una bailarina en una crítica periodística) y por su entusiasmo por explorar el mundo (que describe brillantemente como plumilla) y las relaciones sentimentales: con Dean, su primer novio, incorpora más autoconfianza y el gusto de tejer rituales que avivan la pareja (como ver una peli, celebrar un aniversario o simular un rol de mujer de la vieja escuela), con Jess sube el voltaje de la complicidad intelectual y con Logan destierra de su diccionario la palabra aburrimiento mientras disfruta de los lujos (y a veces sin-sentidos) de la clase más privilegiada. 


Es verdad que a veces hay un punto en la serie en la que satura un poco con su costumbrismo y con cierta pulsión a estirar el chicle de más. Pero cuando atraviesas esos momentos de atonía, adviertes una mezcla magistral de comedia, drama y culebrón (los devaneos amorosos de Lorelai son un tratado sobre cómo aprender a madurar sentimentalmente; con una parada iniciática especial en el gusto por elevar la anécdota de Max, el profesor de literatura de Rory en Chilton) en esta serie, donde los guionistas no dan puntada sin hilo para entretejer situaciones, idas y venidas y evolución en el arco dramático de los personajes.


Para ir cerrando, dedicaremos los dos últimos párrafos de loa al universo Gilmore para celebrar sus secundarios. Quizá el más importante de todos sea Luke, que crece a lo largo de la serie hasta el punto de convertirse en sus pulmones: cómo no confiar en este arreglalotodo gruñón (siempre a un paso de la cumbre ermitaña) que sirve el mejor café de Stars Hollow y que está enamorado hasta las trancas de Lorelai (admirable cómo vela por ella cuando transitan la amistad, aún en los momentos de lejanía; también cómo cuida de su sobrevenida hija, April). Cómo no reírse con los miles de trabajos de Kirk y si utilitarismo llevado al absurdo o con el afán por el chismorreo y el ligoteo de Miss Paty y Babel, cómo no enfadarse con los mangoneos padrinescos de Taylor o con la faceta psicópata de Paris, compañera de fatigas y aventuras de Rory en Chilton y Yale. Una liga en la que también está Michel, el recepcionista de los hoteles que guía Lorelai, cuya antipatía de postal cobra matices inesperados en cómo cuida de sus canes y los niños que se alojan en el Dragon Fly. Tampoco me entusiasman los caprichos de Christopher, el padre ausente de Rory, aunque hay que reconocer que a veces enternece con sus arrebatos y aciertos de niño grande. 


Mención propia en esta lista merecen Lane, la mejor amiga de Rory, un huracán de libertad que moldea la intransigencia de su madre gracias a su grupo de rock. Y qué decir de Sookie, mejor amiga de Lorelai y una cocinera de primera, y Jackson, su marido verdulero, y sus 4 hijos (qué bueno cuando Loreñai le recuerda a su amiga los buenos momentos que representan criar a un bebé). Y, sobre todo, los abuelos de Rory (y padres de Loreai), Emily y Richard, que son una fuente inagotable de drama, clasismo, clase, afecto torpón, duchas de recursos y puente en construcción de incondicionalidad condicionada…Mérito todo ello en último término de los creadora de la serie, Amy Sherman-Palladino, y su marido Daniel (ambos son guionistas y productores ejecutivos de la misma). 



miércoles, diciembre 31, 2025

Gracias, 2025


Gracias por enseñarme que el Ser Humano es uno y diverso a un tiempo. Gracias por mostrarme que hay un camino que une los ríos de las generaciones. Gracias por guiarme en un camino que diluye las fronteras entre lo personal y lo social, el adentro y el afuera, la vida y la muerte...

Gracias a mis seres queridos, amig@s...y gracias, Silo, por alumbrarnos Futuro. 

martes, octubre 28, 2025

Fernando Romay o la bonhomía del que no se conforma


En recientes fechas he tenido la fortuna de leer el libro ‘Altísimo, un viaje con Fernando Ronay’, elaborado por el periodista Jacobo Rivero y dedicado a la figura de quien fuera pívot del Real Madrid (con el que conquistó 2 copas de Europa, 8 ligas y 5 copas del Rey) y la selección española (se colgó la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles) durante los años 80 y, en menor medida, los 70 y 90. 

Evocar a Romay es rememorar un pedazo importante de la infancia. De él recuerdo sus andares desgarbados, su cara de “yo no lo veo así”, con cierta sorna, cuando los árbitros le tomaban la matrícula (más tolerantes a la nobleza del cuerpo a cuerpo los trencillas europeos, se nos dice en el libro) y su fuerza para dominar las zonas de las dos orillas del juego, en las que optimizaba sus 213 centímetros para rebañar todo rebote que estuviera huérfano, al tiempo que iluminaba la alegría de los hinchas de sus equipos (también jugó en Ferrol y Zaragoza) con una mezcla poco común de tapones y semi ganchos apañados. 

Me gusta cómo está elaborado el libro, da contexto de la época en la que Romay se forjó como ser humano (son inspiradoras las experiencias del Fernando adolescente en Madrid, viviendo en una pensión y aprendiendo a conectar con el mundo de la capital, tan diferente del que venía en Galicia, y regularse con la compañía de sus compañeros de la cantera merengue). Resultan muy valiosas también sus reflexiones para entender de dónde viene el ADN de la familia del basket en la selección (esas pochas, esa sana convivencia y camaradería entre los antagonistas del Madrid y el Barça), así como esa nostalgia hacia el carácter ganador y competitivo del añorado Fernando Martín, cuyo espíritu elevaba la fe y el rendimiento de sus compañeros. El volumen relata una parte importante de la peripecia vital de Romay de una manera no lineal, didáctica y rigurosa a un tiempo. Entretenida. 

También divertida. La voz de Romay deja el poso de que estamos escuchando a un tipo que no se apega al resentimiento (elocuente la anécdota de la reconciliación con el ex seleccionador Díaz Miguel, incitada por la mujer del pívot coruñés): buena gente, curioso, vitalista y valiente, que ha sabido reinventarse después de su carrera profesional como jugador de baloncesto, con un capítulo destacado para su faceta televisiva. 

De ese tramo de la edad adulta post-basket me ha parecido especialmente inspiradora esta reflexión: “De lo único de lo que me arrepiento es de no haber hecho alguna cosa”. Dicho de otra manera: hablamos de un tipo intrépido, que se da la oportunidad de aprender en los diversos ámbitos de la existencia y esa es una buena guía para manejarse en el camino de la vida. 

Termino dedicando este post a mi amigo Ezequiel, artífice de esta lectura y reflexión, en la medida en la que me regaló el libro que estamos comentando aquí. Eze es un tío memorioso, divertido y sensible. Aprendí mucho de él (de las relaciones humanas y de su Argentina natal, especialmente del ámbito deportivo) durante las tres temporadas que nos tocó relatar las peripecias del Baloncesto Fuenlabrada para la radio. Y espero seguir haciéndolo en esta nueva etapa de amistad que nos está brindando la vida. 

Fuentes de foto: blog BA-LON-CES-TO, Pedro Fernaud 

viernes, octubre 10, 2025

Bajar el ruido mental, elevar la atención

 Dejar espacio. 

Para uno y el otro, sí. 

Común tejido. 


Apercibir. 

Activar los sentidos.

Sentir lo humano.