jueves, agosto 27, 2026

Las chicas Gilmore o la importancia de pasárselo bien mientras construyes el camino

En las últimas estribaciones de este mes de agosto de 2026 he concluido la visita a la serie de Las chicas Gilmore (disponible en Netflix en el momento en que escribo estas líneas). La historia cuenta la vida de madre (Lorelai) e hija (Rory) durante la friolera de 16 años (si incluimos la secuela que patrocinó la propia Netflix en 2016, que no es la productora original de la serie -que fue Warner Bros. Television, en asociación con Dorothy Parker Drank Here Productions y Gough Street Productions-). Por el camino, disfrutamos de la complicidad, la capacidad de superación y el sentido del humor que hilvanan estas dos mujeres, que hacen de la irreverencia, la imaginación y el gusto por la música, el cine y la moda (la cultura pop, en suma) todo un arte. 


¿Por qué admiramos a Lorelai Gilmore? Por su inigualable talento para hacer de cada día una fiesta. Es parlanchina, carismática y muy cafetera (viendo la serie me entraban unas ganas tremendas de tomar café y dulces…). Admiro su espíritu emprendedor en el terreno laboral, con una rata mezcla de mano izquierda y diligencia para regentar hoteles, pero sobre todo adoro cómo cuida a su hija, el empeño que pone en cultivar la amistad y cómo arraiga con la comunidad de Stars Hollow. ¿Y por qué es Rory Gilmore el personaje con el que más me identifico? Por su afán por aprender, por cómo trata a la gente (aunque a veces tenga sus resbalones, cómo cuando despelleja a una bailarina en una crítica periodística) y por su entusiasmo por explorar el mundo (que describe brillantemente como plumilla) y las relaciones sentimentales: con Dean, su primer novio, incorpora más autoconfianza y el gusto de tejer rituales que avivan la pareja (como ver una peli, celebrar un aniversario o simular un rol de mujer de la vieja escuela), con Jess sube el voltaje de la complicidad intelectual y con Logan destierra de su diccionario la palabra aburrimiento mientras disfruta de los lujos (y a veces sin-sentidos) de la clase más privilegiada. 


Es verdad que a veces hay un punto en la serie en la que satura un poco con su costumbrismo y con cierta pulsión a estirar el chicle de más. Pero cuando atraviesas esos momentos de atonía, adviertes una mezcla magistral de comedia, drama y culebrón (los devaneos amorosos de Lorelai son un tratado sobre cómo aprender a madurar sentimentalmente; con una parada iniciática especial en el gusto por elevar la anécdota de Max, el profesor de literatura de Rory en Chilton) en esta serie, donde los guionistas no dan puntada sin hilo para entretejer situaciones, idas y venidas y evolución en el arco dramático de los personajes.


Para ir cerrando, dedicaremos los dos últimos párrafos de loa al universo Gilmore para celebrar sus secundarios. Quizá el más importante de todos sea Luke, que crece a lo largo de la serie hasta el punto de convertirse en sus pulmones: cómo no confiar en este arreglalotodo gruñón (siempre a un paso de la cumbre ermitaña) que sirve el mejor café de Stars Hollow y que está enamorado hasta las trancas de Lorelai (admirable cómo vela por ella cuando transitan la amistad, aún en los momentos de lejanía; también cómo cuida de su sobrevenida hija, April). Cómo no reírse con los miles de trabajos de Kirk y si utilitarismo llevado al absurdo o con el afán por el chismorreo y el ligoteo de Miss Paty y Babel, cómo no enfadarse con los mangoneos padrinescos de Taylor o con la faceta psicópata de Paris, compañera de fatigas y aventuras de Rory en Chilton y Yale. Una liga en la que también está Michel, el recepcionista de los hoteles que guía Lorelai, cuya antipatía de postal cobra matices inesperados en cómo cuida de sus canes y los niños que se alojan en el Dragon Fly. Tampoco me entusiasman los caprichos de Christopher, el padre ausente de Rory, aunque hay que reconocer que a veces enternece con sus arrebatos y aciertos de niño grande. 


Mención propia en esta lista merecen Lane, la mejor amiga de Rory, un huracán de libertad que moldea la intransigencia de su madre gracias a su grupo de rock. Y qué decir de Sookie, mejor amiga de Lorelai y una cocinera de primera, y Jackson, su marido verdulero, y sus 4 hijos (qué bueno cuando Loreñai le recuerda a su amiga los buenos momentos que representan criar a un bebé). Y, sobre todo, los abuelos de Rory (y padres de Loreai), Emily y Richard, que son una fuente inagotable de drama, clasismo, clase, afecto torpón, duchas de recursos y puente en construcción de incondicionalidad condicionada…Mérito todo ello en último término de los creadora de la serie, Amy Sherman-Palladino, y su marido Daniel (ambos son guionistas y productores ejecutivos de la misma).