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lunes, abril 26, 2010

Futuro nuestra especie


Año 88.337 del que fue nuestro señor. En este mundo no existen dioses. Es sobre vivencia. El fanatismo religioso llevo a los nuestros al borde de la extinción. No creo que hayamos aprendido mucho desde que vosotros respirabais. La vida, ahora, se reduce en demasiadas ocasiones a aparentar lo que no eres. Se trata de engañar al sistema.

Las ciudades están circundadas de parques con vocación de selva. Los más afortunados viven en la tierra. Pero la superpoblación del planeta llevó a muchos individuos a vivir en la troposfera. Ahora mismo, se planifica el asalto a la estratosfera. En mi mundo, no eres persona hasta que lo demuestres. Nos avergonzamos de nosotros mismos.

Las ciudades son más limpias. La gente adora vivir en los pueblos, pero no es un privilegio al alcance de cualquiera. Tenemos que preservar los recursos naturales al detalle. Después de la gran hecatombe, muchas de las labores se confiaron a sofisticados robots. Últimamente funciona la discriminación positiva favorable al humano.

Somos una raza en reconstrucción. Y hay algo, como expresarlo en vuestro lenguaje, hay algo fascista en nuestro modo de organizarnos. De pensarnos. Y distribuirnos. Existe una distribución eficiente de los recursos. Pero la gente tiene casi prohibido pensar por si mismo. El miedo es el dios de nuestros días, y aunque no es una realidad del todo nueva, enerva que detrás de tanto progreso, habite una confianza hecha papilla.

Lo siento, amigo, pero la Alemania nazi no fue un horror aislado. En este mundo existe una humanidad de tres velocidades. Sigue primando el poder de los recursos. Tanto tienes, tanto vives. La gente vive hasta los quinientos años si puede costeárselo. Dietas hipersaludables. Drogas sin efectos secundarios. Infinitas caras con los labios y los ojos de diosas de la primera historia. Pero nos falta alma. Algo individualista y hermoso.

jueves, septiembre 27, 2007

Las chicas ensimismadas sonríen la mitad de tiempo (III)


–Te voy a llevar a un sitio donde los ciervos se comen bombones de chocolate.
-¿Cómo dices?

Ella rió.
–Sí, es verdad, yo lo vi, una vez, tenía 16 años.

–Vale, continúa tu tomadura de pelo.
–Ey, que es verdad, si no me crees mejor no merece la pena que me acompañes.
-¿Estas loca? ¿Cómo te voy a dejar sola en el parque?

Ella se encogió de hombros con la actitud de quien le parece ridícula la pregunta. Así que no me quedó más remedio que pedirle me contara la historia.

–Sucedió en invierno del 2010, mis padres me habían dejado con mi tía y esta se había dedicado a salir noche sí noche también. Estaba sola. Pero no me sentía sola. ¿Sabes a lo que me refiero?
-Creo que sí.
–Aquella noche fui al cine con un par de amigas. Como ellas tenían toque de queda, y a mi sobraba el aburrimiento decidí acompañarlas. Una de ellas vivía al otro lado del parque. No llegábamos, así que decidimos atravesar el parque con todo. Corrimos como locas. Empezamos a gritar a mitad de camino. No podíamos más. Pero la adrenalina podía con todo. De repente, encontramos una pequeña colina. Y los vimos. Era una silueta demasiado especial. Era imposible. No me costó mucho convencer a mi amiga, otra cabra loca como yo. Subimos muy despacio y cuando los vimos, aquel ciervo estaban urgando en unas bolsas de comida.
–Entonces era el ciervo, no los ciervos.
–Cállate tonto.
-Vete a saber cómo habían llegado hasta allí. Así que echamos mano de los bombones que nos habían regalado a la salida del cine. Y los depositamos en el suelo. Se acercaron y los comieron con una paz que nos dejó emocionadas. El resto del trayecto lo hicimos totalmente calmados. Estábamos contentos. Esa sensación nos duró un par de días. Ya no importaban las broncas de los padres. Ni la opresión que sentíamos en el pecho tan a menudo. Tampoco que no tuviésemos dinero. O las continuas decepciones con los chicos. Llámame loca si quieres, desde entonces me paso la vida buscando momentos como aquel. Instantes perfectos. Y sí ya se que sueno ridícula y que tengo que madurar...
-No lo creo, dije con todas franqueza. El problema es que eres demasiado lúcida. Por eso buscas con tanto ansia remedios contra la tormenta. La mayoría sin embargo nos acostumbramos a sufrir, no intentamos superarlo. Y cuando nos hemos dado cuenta ya no sentimos nada.

Vaya, no pensé que todavía me quedara sed.

–¿Sabes una cosa?
-Dime.

–Hace un rato he sentido esa paz de la que te he hablado antes. Me la has provocado tú. Me gusta cuando te pones melancólico.

Casi no nos conocíamos. Así que todo lo demás sucedió de una manera instintiva. Juntos sí podíamos vaciar nuestro vacío.

Aunque sonrían la mitad de tiempo, las chicas ensimismadas pueden salvarte.

miércoles, septiembre 26, 2007

Las chicas ensimismadas sonríen la mitad de tiempo (II)


¿Y lo de mirar?
-¿Perdona?
–¿Cómo se te da mirar?
-En el mejor de los casos, te diría que miro con los ojos de un niño pequeño. Pero eso no me ocurre con las personas. A veces me pasa cuando me dejo llevar en un parque. O cuando me acerco al ZOO.
–¿No te gusta el campo?
-Claro.
–¿Entonces por qué eres tan dominguero?

No sabía si reír o enfadarme. Aquella tipa no me conocía de nada y ya estaba sacando conclusiones.

–No se, me temo que me he hecho amamantado en los pechos de las chicas del Burger.

Se rió. Su risa se parecía al sonido de una ola desapareciendo. Al salir, justo cuando pensaba en cómo despedirme de una manera no del todo cerrada, ella me soltó

–¿Te apetece dar una vuelta por Park Avenue?


Mire el reloj. Era demasiado tarde para ir a dar un paseo con una chica por el parque sin que algo surrealista o peligroso ocurriera. Pero le dije que sí. No creo que seas precisamente una coleccionista de calabazas. Y reí.

–¿De qué te ríes?
-Nada, estaba pensando en la clase de gente que suele frecuentar el parque a estas horas. –¿Qué clase de gente?
-No se, desperados, extravagantes, vagabundos.
–O gente interesante, terció ella. ¿No te apetece ir?
-Sí, claro.

Supongo que con la sonrisa que puse no le dejé demasiados motivos para dudar. Durante el trayecto, me comporté como un buen chico, escuchando sus opiniones sobre la ciudad y sobre lo que para ella representaba el anuncio de los diamantes.

–Es la ocasión de financiarme las giras con mi grupo para los próximos cinco años.

Me miró.
-Sí, ya lo se lo más probable es que para entonces el grupo no existe, pero la música ahora es mi sueño y no veo por qué no poner todo lo que tengo para que salga bien.

La miré. Y vi que lo decía con toda intención.


-Ojalá tuviese ese hambre.
–Perdona?
-Sí, esas ganas de hacer cosas, esa fe para que las cosas salgan bien.

Casi al instante, ella pasó su brazo por debajo del mío y me arropó como a un cuerpo cálido. Por alguna agradable razón, permanecimos así, en silencio, durante el resto del paseo hasta llegar al parque.

martes, septiembre 25, 2007

Las chicas ensimismadas sonríen la mitad de tiempo (I)


La primera vez que la vi estaba leyendo un libro de Herman Hesse. Bebía batido de fresa con el aire de una oficinista en apuros. Vivía la historia con toda dedicación. Decir eso de una alguien cuando tiene 16 años es decir mucho. Entonces estaba en Lisboa y no sabía que aquella belleza era la hija de uno de los escritores más famosos del planeta.
Pasó el tiempo. Me emborraché demasiadas veces. Y hasta tuve ocasión de perder el miedo. Incluso me gané una reputación como diseñador gráfico de una multinacional de telefonía móvil. Tiene gracia, detestaba aquellos aparatejos, precisamente por eso me resultaba tan fácil encontrar mensajes convincentes para historias impactantes. Niños desnutridos que se salvan a distancia. Mujeres dándose placer hasta colapsar el satélite. O una adolescente que era capaz de mantener despierto a su novio a través de un relato dosificado en 25 entregas. La vida me trataba con displicencia. Y eso, tratándose de mi, era mucho. Había conseguido apagar mi sed.
Bueno, al menos ya no me torturaba con sueños que nunca podría cumplir. Un mirador en Valpraíso era el único factible a estas alturas. Aún así, me encontraba moderadamente contento. Aquella tarde recibí un curioso encargo; al día siguiente tenía cita con Sophie Auster, una estrella del pop independiente que iba a anunciar diamantes.
No me podía sorprender. La chica pertenecía a esa categoría de hembras que son bendecidas sin descanso desde que están aquí. Guapa, talentosa, rica y sin los veinte todavía. En cuanto vi la foto, la reconocí. La misma expresión pero más sombría.
No sabía por qué. Tampoco era la primera ocasión en la que me ocurría algo así. Pero el movimiento de esa chica, sus gestos, se habían multiplicado en mi imaginación. Lo raro era que la hubiera visto una sola vez y hubiera pensado tantas veces en ella.
Algo eléctrico me recorrió el cuerpo esa noche. No funcionaron ninguno de los remedios habituales. Amanecí con la botella de ron vacía y cientos de fotos en el suelo. Fotografía el mundo si no eres capaz de fotografiar tu alma me dijo una vez un viejo explorador. En eso estaba.
Llegué diez minutos antes para que mi maldita costumbre de llegar tarde no pusiera de morros a la niña diamante. Dio igual. Ella ya estaba allí. Otra vez leyendo un libro. Una fugaz sonrisa, con los ojos un poco entornados, fue su saludo. Podía haber sido peor.
Sophie hablaba como calmando el mundo. Detrás de su aparente tranquilidad había un animal confinado en unos labios irrechazables.
–¿De dónde eres?
-De Buenos Aires. ¿Sabes dónde queda?
–¿Por quien me tomas?
El plato de lenguado estaba delicioso. En ese restaurante era siempre de primera. Así que me limité a disfrutar con sus caras de disimulo (no podía permitirse una sonrisa de pescado...).
–¿Qué sabes de mi?
-Que eres la hija de Paul Auster.
–Vaya, veo que eres perspicaz.
Reí.
-He leído el libro de relatos que sacaste el año pasado.
–¿Te gustó?
-Sí, son muy...Urbanos.
–Lo son, sonrío ella.
-Me gusta especialmente la historia del chico que no podía tocar a la gente.
-¿Por qué? No se, supongo que todos nos hemos sentido alguna vez así, como si no pudiéramos salir de la mazmorra. Y por muchos lujos que tengas dentro de ti, necesitas conectar con alguien. Aunque sea para odiarlo. –Veo que no se te mal lo de leer. ¿Y lo de mirar?